año 2020 y ha costado hasta ahora más de 9.000 millones. Además, el plan de Obama refuerza la Estación Espacial Internacional y destina partidas a la educación científica, el estudio del clima y la aviación no contaminante.
Pero el giro más trascendental de la Nasa de Obama es la incorporación de la empresa privada a los proyectos relacionados con destinos próximos, como la llamada "órbita baja", de la que forma parte la Luna. Si Estados Unidos regresa a la polvorienta superficie selenita donde depositó una bandera el 20 de julio de 1969, será en un vehículo comercial. La Nasa se aleja de la zona donde marcó territorio y venció a la Unión Soviética en la carrera espacial, y confía en que compañías particulares con ánimo de lucro se enseñoreen de ella.
Este es el punto crítico del giro que plantea Obama. Algunos especialistas opinan que, de aprobarse el presupuesto espacial presentado por su gobierno, la etérea región pasará a manos de rusos y chinos mientras los Estados Unidos persiguen estrellas lejanísimas y sus empresas comerciales quedan derrotadas por la grandeza y carestía de la misión. "Nos vamos de una órbita que hemos dominado durante medio siglo, y lo hacemos sin un solo sollozo", opina el influyente columnista Charles Krauthammer. "Estados Unidos decidió dejar de ser una pieza importante en los vuelos espaciales humanos", sentencia Michael Griffin, antiguo jefe de la Nasa.
Sin embargo, otra cosa piensan los asesores de Obama que diseñaron el nuevo proyecto. Según ellos, el programa Constellation no iba a llegar a la Luna dentro de dos lustros porque estaba infrafinanciado y acusaba franco retraso. "Ese sí que nos habría dejado como perdedores", afirma John Holdren, el hombre que habla al oído del Presidente de cohetes, naves espaciales y planetas.
Algunos se preocupan por lo que pasará arriba con el enfoque estratosférico de Obama, pero otros se inquietan por lo que podría suceder abajo, en estados como la Florida, donde numerosas familias dependen económicamente de los programas espaciales. La Casa Blanca afirma, sin embargo, que la expansión de la industria privada espacial suplirá los puestos de trabajo destruidos.
En alguna medida, el proyecto cósmico de Obama constituye también una prueba política para él. Quienes lo consideran un simple soñador y no un visionario ya lo comparan desfavorablemente en esta materia con John F. Kennedy. Señalan que Kennedy atisbó la importancia histórica de llegar primero que los soviéticos a la Luna y apostó la fe nacional y el presupuesto de la Nasa a esa meta, hasta conseguirlo. En cambio, Obama está abandonando un terreno ganado a cambio de una mera incógnita. "Kennedy abrió una Nueva Frontera -señala Krauthammer- y Obama acaba de cerrarla."
Tal vez para compensar imágenes, Holdren pinta a sus compatriotas un paisaje mucho más optimista: "Imagínense viajes a Marte que tardan pocas semanas, no un año entero, y seres humanos que vuelan explorando los asteroides de Marte como fruto de la colaboración de varias naciones del mundo." Por ahora parece un escenario de ciencia ficción. Pero también lo era caminar en la Luna cuando Kennedy dijo en mayo de 1961 que allí llegaría una nave de la Nasa antes de que pasaran diez años.

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